
Como todos los días, me levanto muy temprano para ir a trabajar, me lavo, me peino, tomo desayuno, salto y me empotro en el asiento de una combi. Si pues, yo no me siento, yo me encajo, me clavo, me empaqueto, me remacho entre dos espaldares. Así encogido como astronauta tengo que viajar por dos horas entre saltos y embestidas. La posición es perfecta para una colisión donde seguramente uno de los pasamanos me atravesará dejándome vivo para proseguir esa ardua tarea que se llama ser peruano a tiempo completo porque la muerte en semejante trance sería un premio y los premios aquí están prohibidos para los que no robamos ni copiamos mate.
Lima es una ciudad inmensa, con grandes vías y extremos crecientes que muchas veces obligan a cualquier ciudadano a desplazarse de cabo a rabo toda la urbe para salir a pasear, ir al cine, al trabajo, una pollada, al supermercado y el servicio inmediato más económico lo constituyen las combis, las coasters y los ómnibus, a estos últimos por ser grandes resulta difícil cambiarles la configuración de los asientos de modo que el pasajero quede engrapado cuando viaja. Pero las otras unidades suelen ser modificadas de tal manera que solo puedan viajar acuclillados los siete enanitos o docena y media de paisanos de Liliput.
Yo me pregunto ¿Acaso no es posible detener el atropello de los señores transportistas? Siempre hacen sus huelgas reclamando libertad para imponer sus tarifas, que la gasolina ha subido, que trabajan a pérdida, que los policías son unos abusivos, que el medio pasaje es injusto ¿Pero no es acaso abusiva la manera como tratan a sus usuarios semejante a bueyes rumbo al camal? ¿No son injustas las maneras animales que tienen de recoger pasajeros a mitad de la pista? Y como en el caso que tratamos ahora ¿No resulta una perversión insana achicar los asientos de los viajantes por ganarse unos cuantos soles que a ellos los hacen mas ricos y a nosotros nos causa lumbalgia?
Resulta triste ver como las autoridades se hacen de la vista gorda con los verdaderos problemas de la gente por ocuparse de pelar los dientes en la tele, ni al alcalde, ni al regidor ni al señor comendador le importa un pito, claro como ellos andan a caballo y en camioneta 4x4, quizás piensen que la calidad de vida en una ciudad se basa en hermosas fuentes churriguerescas; sin embargo también es denigrante observar cómo nos acostumbramos a este tipo de trato. A nosotros como público se nos hace una cosa normal que tengamos que soportar las torturas del transporte urbano en Lima, subimos corriendo al carro, nos apretujamos cuando el cobrador lo ordena, nos sentamos en el sitio vacío así sea de 5 centímetros para las posaderas y en el colmo de los colmos “aprovechamos” que el chofer ha detenido la máquina a mitad de calle para poder bajar a tierra firme.
A algunos no nos sobra la plata para comprar un auto o simplemente no nos gusta manejar en este tráfico de monos de Lima, porque las avenidas de esta ciudad están plagadas de chimpancés al volante, desde ya es un peligro cruzar la acera para comprar pan, culpa otra vez de las autoridades que le dan hoy en día el permiso al primer imbécil que se presente a sacar brevete. El transporte público es una gran alternativa para desatascar la ciudad e inclusive descontaminarla, no para convertirla en un gigantesco coliseo de autos locos mortal.
Queremos unos buses limpios, grandes, con televisor a colores, asientos cómodos, tripulantes amables y educados si son señoritas de CIMAS o Computronic mejor, mini tienda para comprar el diario y caramelitos. Unos carros grandes a gas o propulsados a punta de metano que no se detengan donde les dé la gana, que lleguen y salgan siempre puntuales, inclusive que tengan servicio VIP que importa con acceso reservado para obtener ganancias extras, en suma un servicio que sea precisamente eso y no las latas de sardinas oxidadas piloteadas por las hordas de Atila que navegan como piratas por toda una ciudad que debe ser como nuestra casa.
Lima es una ciudad inmensa, con grandes vías y extremos crecientes que muchas veces obligan a cualquier ciudadano a desplazarse de cabo a rabo toda la urbe para salir a pasear, ir al cine, al trabajo, una pollada, al supermercado y el servicio inmediato más económico lo constituyen las combis, las coasters y los ómnibus, a estos últimos por ser grandes resulta difícil cambiarles la configuración de los asientos de modo que el pasajero quede engrapado cuando viaja. Pero las otras unidades suelen ser modificadas de tal manera que solo puedan viajar acuclillados los siete enanitos o docena y media de paisanos de Liliput.
Yo me pregunto ¿Acaso no es posible detener el atropello de los señores transportistas? Siempre hacen sus huelgas reclamando libertad para imponer sus tarifas, que la gasolina ha subido, que trabajan a pérdida, que los policías son unos abusivos, que el medio pasaje es injusto ¿Pero no es acaso abusiva la manera como tratan a sus usuarios semejante a bueyes rumbo al camal? ¿No son injustas las maneras animales que tienen de recoger pasajeros a mitad de la pista? Y como en el caso que tratamos ahora ¿No resulta una perversión insana achicar los asientos de los viajantes por ganarse unos cuantos soles que a ellos los hacen mas ricos y a nosotros nos causa lumbalgia?
Resulta triste ver como las autoridades se hacen de la vista gorda con los verdaderos problemas de la gente por ocuparse de pelar los dientes en la tele, ni al alcalde, ni al regidor ni al señor comendador le importa un pito, claro como ellos andan a caballo y en camioneta 4x4, quizás piensen que la calidad de vida en una ciudad se basa en hermosas fuentes churriguerescas; sin embargo también es denigrante observar cómo nos acostumbramos a este tipo de trato. A nosotros como público se nos hace una cosa normal que tengamos que soportar las torturas del transporte urbano en Lima, subimos corriendo al carro, nos apretujamos cuando el cobrador lo ordena, nos sentamos en el sitio vacío así sea de 5 centímetros para las posaderas y en el colmo de los colmos “aprovechamos” que el chofer ha detenido la máquina a mitad de calle para poder bajar a tierra firme.
A algunos no nos sobra la plata para comprar un auto o simplemente no nos gusta manejar en este tráfico de monos de Lima, porque las avenidas de esta ciudad están plagadas de chimpancés al volante, desde ya es un peligro cruzar la acera para comprar pan, culpa otra vez de las autoridades que le dan hoy en día el permiso al primer imbécil que se presente a sacar brevete. El transporte público es una gran alternativa para desatascar la ciudad e inclusive descontaminarla, no para convertirla en un gigantesco coliseo de autos locos mortal.
Queremos unos buses limpios, grandes, con televisor a colores, asientos cómodos, tripulantes amables y educados si son señoritas de CIMAS o Computronic mejor, mini tienda para comprar el diario y caramelitos. Unos carros grandes a gas o propulsados a punta de metano que no se detengan donde les dé la gana, que lleguen y salgan siempre puntuales, inclusive que tengan servicio VIP que importa con acceso reservado para obtener ganancias extras, en suma un servicio que sea precisamente eso y no las latas de sardinas oxidadas piloteadas por las hordas de Atila que navegan como piratas por toda una ciudad que debe ser como nuestra casa.
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